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Hegemonismo Enero 13, 2013


Camino a Damasco
Paco Peña (Punto Final)

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Desde diciembre de 2010 han tenido lugar grandes estallidos populares de descontento con regímenes existentes en el amplio arco que va desde Marruecos a Yemen, y que se han manifestado con suerte diversa en países como Argelia, Libia, Túnez, Egipto, El Líbano, Jordania, Siria, Bahrein, Emiratos, Yemen y Omán. Esta amplia protesta ha sido designada por las potencias dominantes y medios de comunicación -la autodenominada “comunidad internacional”- como “revoluciones”, siguiendo el esquema aplicado en Europa del Este: “revolución naranja” en Ucrania, “revolución de la rosa” en Georgia. Luego se calificó de “revolución verde” a las manifestaciones que cuestionaron la victoria, en 2009, del presidente iraní; del ”cedro”, en El Líbano, cuando los manifestantes protestaban por el asesinato del ex primer ministro Rafiq Hariri y exigían la partida de las tropas sirias estacionadas en ese país desde 1976; la de los “tulipanes”, en Kirguizistán, en 2005, contribuyó a la caída del presidente Askar Akaiev, hasta la famosa “revolución del jazmín”, aplicada a la revuelta popular de Túnez, que ha terminado finalmente con un gobierno en manos de sectores cercanos a los salafistas.
El ex embajador de Túnez ante la Unesco, Mezri Haddad, filósofo, opositor al régimen tunecino, diez años exiliado, dijo a Punto Final: “La tesis que yo he defendido desde el primer momento es que a pesar de las causas objetivas, endógenas, de esta formidable explosión social, en Túnez por ejemplo, no ha habido una revolución sino que se trató de una revuelta popular, por cierto legítima, pero previamente planificada, orquestada e instrumentalizada por Washington, con la complicidad de los grandes medios de comunicación del mundo occidental, ayudados por la candidez de ciertas personalidades que no podían hacer otra cosa que sentirse solidarios con la juventud tunecina, que enfrentaba valerosamente a las fuerzas represivas… El objetivo apuntaba a cambiar radicalmente las elites en el poder o más exactamente, a sustituir estas elites nacionalistas heredadas del periodo postcolonial que estuvo marcado por la acción del padre de Túnez, Habib Bourguiba, por una nueva clase dirigente: los islamistas”.
Un plan de remodelación del mundo árabe existía antes de que Barak Obama asumiera la presidencia de EE.UU. Este plan, vigente y en desarrollo, tiene como objetivo terminar con longevos regímenes árabes considerados reticentes a aceptar a ciegas los intereses de Washington y su plan, el llamado Greater Middle East. Plan de relevo “revolucionario y democrático”, que comenzó con la invasión a Iraq en 2003. Este parece ser el trasfondo de la llamada “primavera árabe”, que sigue teniendo nuevos desarrollos en Egipto, donde una parte de los protagonistas de los acontecimientos de la plaza Tahrir en 2011 han vuelto por sus fueros y reclaman proseguir los objetivos democráticos confiscados por la connivencia de Washington y los Hermanos Musulmanes.

LOS REGIMENES PROGRESISTAS

En Orígenes y realidades de la primavera árabe egipcia, Samir Amin escribe que desde Bandung (1955) hasta 1975, algunos países árabes se situaron en la vanguardia de la lucha por la liberación nacional y el progreso social (Nasser en Egipto, el FLN argelino, el partido Baas en Siria e Iraq). No eran por cierto regímenes democráticos en el sentido occidental del término, ni dirigidos por los propios sectores populares: eran regímenes de partido único, pero legítimos ante sus pueblos debido a las gigantescas realizaciones llevadas a cabo, como reformas agrarias, de educación y salud pública garantizadas por el Estado, impulso a grandes trabajos de infraestructura, cierta redistribución de la riqueza, acción decidida contra las monarquías, exitosa consolidación de la independencia nacional y política exterior independiente y antimperialista. Además, todos los países citados eran resueltamente antisionistas. Fueron procesos conducidos “por arriba” que luego se agotaron y que con el advenimiento de Sadat en Egipto y el cambio de alianzas consiguiente, afectó también a otros países de la región y estaba destinado a mantener en el poder a los sectores dominantes. Estos se sometieron a las exigencias del neoliberalismo: apertura al exterior y privatizaciones indiscriminadas. En pocos años se revirtieron las numerosas conquistas logradas, yendo -como en el caso de Egipto- hasta pactar con el enemigo israelí en 1978. El desempleo, la corrupción, la desigualdad, la pérdida de dignidad y la sumisión a Washington se pusieron a la orden del día.
En el Cercano y Medio Oriente, EE.UU. siempre ha contado con algunos regímenes que han aceptado su hegemonía y sus imposiciones. Su principal aliado árabe en la región es Arabia Saudita, que está ligada a Washington por el pacto de Quincy -de una duración de sesenta años-, firmado en 1945 entre el rey Ibn Saud, fundador de Arabia Saudí y el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt. Dicho pacto fue renovado por otros sesenta años en 2005. En él se reconoce que Arabia Saudí forma parte de los intereses vitales de EE.UU., que asume la protección de la familia real, la inviolabilidad de su territorio y obra con liderazgo regional entre los países árabes. En contrapartida, el régimen saudí garantiza el aprovisionamiento de petróleo a las principales compañías norteamericanas. El régimen wahabí de Arabia Saudí y de los otros países del Golfo renuncian además al terrorismo, aceptan insertarse en la economía liberal mundializada, reconocen a Israel y limitan sus manifestaciones públicas de descontento por la alianza privilegiada de Washington y Tel Aviv. Pragmático, un diplomático estadounidense sintetizó este statu quo: “Si los árabes son tan estúpidos como para querer vivir bajo la férula de regímenes islamistas wahabíes, allá ellos. Ayudémosles a hacerlo si eso favorece nuestra seguridad, la de Israel y nuestro business”. Es decir: para ellos, regímenes islamistas brutales, para nosotros, la intangibilidad de Israel y el petróleo.

LOS HERMANOS MUSULMANES

La victoria electoral de los Hermanos Musulmanes en Egipto (enero de 2012) no es sorprendente. Ya tuvimos ocasión de comprobar su fuerte arraigo en la sociedad en diciembre de 2009 cuando intentamos infructuosamente franquear la frontera palestina por el pueblo de El Harish, a algunos kilómetros de Gaza, y fuimos impedidos de hacerlo por las fuerzas egipcias. Aun así, era perceptible la indisimulada simpatía del pueblo y soldados egipcios con los palestinos.
La influencia de los Hermanos Musulmanes se había acentuado desde hacía años. El cambio de alianzas iniciado por Sadat -quien pagó con su vida por ello- y la degradación provocada por la mundialización, tuvo como consecuencia un aumento exponencial de la pobreza y de las actividades informales, que en Egipto hacen vivir al 60% de la población. Son los Hermanos Musulmanes quienes gracias a una ideología simple dan legitimidad a este tipo de economía de subsistencia, asistidos por los Estados del Golfo, Arabia Saudita a la cabeza, que financian la economía informal, obras de caridad y policlínicos. Eso les ha dado una real implantación en la sociedad egipcia. Ahora bien, Mubarak toleraba a los Hermanos Musulmanes siempre que no se salieran de madre. Pero, grupos salafistas cercanos a ellos, más radicales, se han desmadrado en muchas ocasiones. Son ellos quienes propugnan la intolerancia criminal contra los cristianos coptos (9% de la población) y en algunos ámbitos -fuera de los llamados temas “societales” (velo islámico, burka, charia)- tienen posiciones francamente reaccionarias en lo que respecta al trabajo, la actividad sindical, la reforma agraria y la posesión de la tierra.
Arabia Saudita y Washington quisieron hacer abortar o controlar la explosión popular que derrocó a Mubarak, y hoy EE.UU. considera que un régimen islamista dirigido por los Hermanos Musulmanes es la condición para perpetuar la sumisión y aceptación en Egipto del neoliberalismo y la intangibilidad de los tratados firmados por Sadat y Beghin en 1978. La continuidad del sistema deseado por EE.UU., Arabia Saudita e Israel, se funda en una alianza entre la cúpula militar y el llamado Islam político. Por cierto, el actual presidente Mursi ha debido hacer concesiones y hablar un poco más golpeado a Tel Aviv. Su acción con ocasión de los recientes bombardeos a Gaza perpetrados por Israel, la apertura del canal de Suez al paso de fragatas iraníes en ruta hacia Siria sólo unas semanas después del derrocamiento de Mubarak, mostraron que algo había cambiado en Egipto. Pero Mursi ha dejado claro que no cuestiona los acuerdos de Camp David. El paso atrás dado en torno a competencias que se ha autoatribuido, ante las imponentes manifestaciones en la plaza Tahrir, indica que los sectores que obraron por el derrocamiento de Mubarak entienden continuar un proceso democrático inconcluso. El referéndum organizado entre gallos y medianoche debería ser aprobado a pesar de la creciente movilización de la oposición contra el régimen.

EE.UU. E ISRAEL MANIOBRAN EN LA REGION

Dentro del plan Greater Middle East, una preocupación particular de EE.UU. e Israel la constituye el llamado “Arco Chií”, que va desde Bahrein a Iraq, pasando por Irán, Siria y el Líbano, donde se ha hecho fuerte Hezbollah. Todos regímenes o países donde los chiís son mayoritarios o constituyen una parte significativa de la población. En este “Arco”, dos países concentran la preocupación de Washington y Tel Aviv: Siria e Irán. Desde hace décadas, Damasco es el aliado de Teherán, la obsesión de EE.UU. e Israel. Se agrega además a su inquietud, la posible constitución del “eje chií”: Siria, Irán e Iraq.
Pero en relación a los otros conflictos en el mundo árabe, el conflicto en Siria reviste características particulares. La injerencia de las potencias extranjeras y la guerra de la información alimentada contra Siria por EE.UU., la UE y los países árabes clientes de los primeros, es uno de sus aspectos más sobresalientes. Como Siria cuenta hasta ahora con el apoyo de Rusia y China que impiden desencadenar una intervención con el aval de la ONU como lo hicieron en Libia, algunos han hablado de una “nueva guerra fría”. Se están empleando todos los ingredientes de manipulación informativa y de guerra sicológica, falsificando los hechos y ocultando a la opinión pública internacional que parte importante de los sirios apoya al régimen y que el gobierno “legítimo” en el extranjero, reconocido por las potencias occidentales, no está imbuido de los ideales democráticos que dice defender.
Siria se había independizado en 1943, liberándose del mandato francés que le había sido impuesto según los acuerdos de Sykes-Picot por los vencedores de la primera guerra mundial, que así se habían repartido las posesiones del imperio turco otomano. Diversas culturas y confesiones han coexistido desde entonces. Aunque los suníes son mayoritarios (70%), existe una importante comunidad chií, alauitas, cristianos (10% repartidos entre armenios, católicos romanos, ortodoxos griegos, maronitas, caldeos), drusos e ismaelitas. En 1982, bajo el gobierno del padre de Bachar y a raíz de la detención de algunos imanes tradicionalistas, estalló en Hama una insurrección que fue sofocada por Damasco con un alto costo en vidas. Es esta ciudad, situada entre Alepo por el norte, Homs por el sur, al este del puerto de Lataquia, donde tendrán lugar las primeras manifestaciones que en pocas semanas se transformaron en oposición armada.
Cuando en julio de 2000, Bachar al Assad sucedió a su padre, algunos hablaron de la “primavera de Damasco”. Se autorizó entonces la publicación de prensa independiente y una tribuna donde los intelectuales críticos al régimen podían expresarse. En el ámbito económico, algunos monopolios estatales fueron suprimidos. Pero Siria siguió siendo acosada por EE.UU. y las potencias occidentales. En el gran juego diplomático y a instigación de Washington, comenzaron a intervenir cada vez más contra Damasco algunos vecinos (Turquía, Jordania, Qatar y Arabia Saudí, países que hoy abrigan bases desde las cuales intervienen mercenarios provenientes de los Estados colindantes, cuando no tropas especiales de estos mismos o de las potencias occidentales).

POSICION DEL GOBIERNO SIRIO

Creyendo que Damasco cedería a las presiones y esgrimiendo la zanahoria del levantamiento de sanciones que desde hacia años sufría Siria, EE.UU. y la Francia de Sarkozy cortejaron a Damasco. Un informe estadounidense de 2006 (Baker-Hamilton) había preconizado el diálogo con Damasco y varias visitas y entrevistas hubo entre sirios, franceses y norteamericanos. Pero el presidente Bachar al Assad se manifestó intransigente en su negativa a reconocer a Israel y mantuvo sus alianzas con Irán, Rusia y el partido Hezbollah. Este último le había infligido una severa derrota al ejército israelí en su aventura en el sur del Libano, en 2006, y su prestigio aumentó entre la población libanesa consolidando así sus relaciones con Damasco e Irán.
Siria conoce dificultades económicas y sociales mayores. Con una población de más de veintitrés millones de habitantes (60% menor de veinte años), el desempleo (25%), el alza del costo de la vida y el flujo de refugiados (iraquís, un millón 200 mil personas) que se suman a los refugiados palestinos (435.000) y a los 305.000 sirios desplazados del Golán después de 1967, la situación general ha empeorado. Desde hace cinco años los precios al consumidor han aumentado, se ha triplicado el precio de alquileres así como el precio de frutos, legumbres y de la gasolina. Si a ello se agrega un elevado índice de corrupción y las sanciones instigadas por EE.UU. y la UE, hay un caldo de cultivo favorable a la prédica salafista.
Las revueltas estallaron en marzo de 2011 en la ciudad fronteriza de Deraa, la ruta que lleva a Amman y Arabia Saudí. Zona de instalación de los Hermanos Musulmanes jordanos, financiados con fondos sauditas. El detonador fue la torpe decisión del gobernador de Deraa de reprimir una manifestación de jóvenes que escribían consignas en una mezquita pidiendo su dimisión. Aunque el gobernador fue destituido y Bachar al Assad recibió a los padres de los muchachos para expresarles su pesar por lo ocurrido, al igual que en Túnez o Egipto se inició un movimiento social que reclamaba la ampliación de las libertades civiles y el término del estado de emergencia que duraba desde hacía muchos años.
Las manifestaciones no ocurrieron en Damasco ni en Alepo (las dos principales ciudades del país que concentran casi la mitad de la población). Y desde abril, el movimiento ganó en intensidad y los primeros elementos armados hicieron su aparición en Deraa y en las zonas fronterizas con Jordania y Turquía. Luego el movimiento tomó un cariz más confesional y las mezquitas sunitas han tenido desde entonces un papel catalizador, mientras que los Hermanos Musulmanes en el extranjero (Francia, Inglaterra, EE.UU., países árabes) llamaban a un endurecimiento del movimiento, y como en las otras “revoluciones” del mundo árabe, se constató el uso masivo de redes numéricas e informáticas sofisticadas.
La oposición interna fue de este modo sobrepasada por los elementos salafistas más radicales. Los afilados colmillos de EE.UU., Arabia Saudí, las potencias europeas e Israel, han comenzado a apostar al agravamiento de la situación y por el derrocamiento del presidente Bachar. Sin embargo, Rusia, por boca del ministro de Relaciones Exteriores, Sergei Lavrov, ha vuelto a reafirmar su apoyo a Siria, así como China, Irán, Venezuela, Cuba, Ecuador y otros que piden se respete el acuerdo de Ginebra y sean los propios sirios quienes busquen una salida política negociada al conflicto. Pero el reconocimiento en la reunión de Marruecos de la llamada Coalición Nacional Siria como representante del pueblo sirio, por parte de EE.UU. y otros países europeos y árabes, augura una larga prolongación del conflicto.

PACO PEÑA (*)
En París

(*) Nuestro compañero Paco Peña está viajando a Siria. Desde El Cairo se propone continuar a Damasco en Egyptian Air, única línea que está volando a la capital siria.
En el próximo número de PF esperamos publicar su primer reportaje desde Damasco. (N. de PF).

Fuente: http://www.puntofinal.cl/773/damasco773.php

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