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Teoría Diciembre 2, 2012


Consideraciones sobre la concepción materialista de la historia
Jorge Gonzalorena Döll (G80)

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En esta ponencia postulamos la vigencia y relevancia teórica de la concepción materialista de la historia (CMH) en su formulación original, haciéndonos cargo de manera esquemática de las principales impugnaciones de que ha sido objeto tanto desde fuera como desde dentro del movimiento socialista y señalando algunos de los más importantes aspectos en que, a nuestro parecer, ella necesita ser hoy desarrollada.

Crítica externa

En las últimas tres décadas la historiografía se ha visto sometida al impacto de las fuertes y persistentes impugnaciones desarrolladas en el campo de la teoría de la historia que dan origen a lo que se ha dado genéricamente en llamar "crisis de los grandes paradigmas".1 No obstante, el blanco predilecto, y casi exclusivo, de las críticas de los "deconstructores" ha sido, una vez más, el marxismo.

La CMH parte de una premisa elemental: que la historia de la humanidad no constituye una simple sucesión de acciones ciegas, aleatorias e inconexas, que siguen una trayectoria errática, sino que un proceso social objetivo y dotado de sentido, y por lo tanto, inteligible. Y que, en consecuencia, el intento de dar cuenta de esa experiencia tampoco está llamado a representar una mera fábula, enteramente surgida de la imaginación del historiador, sino que plantea ante éste el gran desafío de descubrir y poner de relieve su significado más profundo.

Salvo en las últimas décadas, en que algunos han llegado a cuestionar el que la historia pueda constituir realmente un saber de base empírica, el eje de las controversias, tanto dentro como fuera del marxismo, ha estado situado permanentemente en el problema de la relación que cabe establecer entre la influencia que sobre el curso de los acontecimientos ejercen las fuerzas objetivas y subjetivas que operan en la historia.

El cargo más usual en contra de la CMH es el de su supuesto determinismo economicista que, para algunos, basta para transformarla en una explicación teleológica de la historia o, si se prefiere, en un "metarrelato" de carácter suprahistórico. Pero como esta acusación no es de ninguna manera nueva, el propio Marx tuvo ya la oportunidad de hacerse cargo de ella, rechazando tajantemente el que se pretenda concebir a la CMH como "… una teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino le impone a todo pueblo, cualesquiera sean las circunstancias históricas en que se encuentre" 2

Efectivamente, nada resulta más alejado de la CMH que asociarla a la suposición de una marcha inexorable del proceso histórico, empujado por una fuerza todopoderosa, hacia un fin previamente establecido. Esta fue, precisamente, una de las mistificaciones más ampliamente difundida y aceptada en contra de las que fue formulada la CMH. "La Historia no hace nada" escribió Engels3 en La Sagrada Familia, todo en ella lo hace el hombre pues la historia "no es más que la actividad del hombre que persigue sus objetivos".

¿De dónde nace la ilusión de que la historia es regida por fuerzas extrañas a la propia acción del hombre? La explicación de esto está directamente relacionada con el modo en que los sujetos suelen representarse de manera espontánea el desarrollo y los resultados de su praxis. Como señala Kosik, "puesto que la praxis objetivante y objetivada del hombre sobrevive a cada individuo y es independiente de él, la mayoría de las veces el hombre se interpreta a sí mismo, e interpreta su historia y su futuro, ante todo, en función de su propia creación".4

En efecto, ya que la praxis supraindividual se plasma y objetiva en realidades socioculturales duraderas (lenguaje, normas, valores, costumbres, modos de relacionarse con el entorno natural, representaciones, creencias, objetos materiales, etc.) que van siendo asumidas por los sujetos y traspasadas de generación en generación, es comprensible que sea percibida luego como una mera consecuencia de las realidades estructurales que ella misma ha ido creando.

Así, las estructuras del mundo social, en que se entremezclan la relación colectiva de los seres humanos con la naturaleza y las relaciones recíprocas que ellos mismos mantienen entre sí, esas estructuras que solo son el producto de la praxis objetivada, y luego en diversos grados fetichizada, tienden a aparecer ante los sujetos como una realidad natural, con vida y poder propio, que parece imponerse como una fuerza extraña y coercitiva sobre sus propios creadores.

En su furibundo afán crítico y "deconstructivo", pero desprovisto de todo ulterior esfuerzo de reconstrucción, el posmodernismo no se detuvo en la desacreditación de los pretendidos "metarrelatos", sino que prosiguió luego con la de toda forma de conocimiento con pretensiones de cientificidad, concibiéndolo como un resultado de meras interpretaciones, sin un contenido de verdad claramente acreditable.

En sintonía con Nietzsche, la creación de ese saber respondería, a su vez, a una exclusiva "voluntad de poder" y conllevaría una aceptación resignada del orden social existente. La radicalización de este discurso conduce finalmente a negar la existencia de lo real como referente obligado e independiente de todo sistema perceptivo o esquema conceptual, privando de base y sentido a toda lucha emancipatoria.

Crítica interna

Entre quienes se identifican con el "materialismo histórico" han arreciado también algunas controversias en torno a la vieja cuestión de la relación entre lo necesario y lo contingente, el efecto de las estructuras y de la acción de los sujetos, etc. En otros términos, la antigua dicotomía objetivismo/subjetivismo que resurge asociada a algunas de las propias formulaciones de Marx y Engels o a interpretaciones ulteriores.

Cabe destacar que parte importante de estos cuestionamientos internos derivan de la usual identificación entre marxismo y stalinismo, pasando por alto no solo las profundas divergencias que median entre ambos sino también una parte sustancial de los desarrollos teóricos registrados en el campo del marxismo precisamente en torno a aquellas problemáticas que se supone no abordadas o insuficientemente abordadas por éste.

La controversia desatada a fines de los años 70 por las críticas de Thompson, en nombre de una recuperación y renovación del materialismo histórico, reivindicando la importancia de la investigación empírica y de los procesos de formación de la conciencia de clase de los explotados, en base a sus propias experiencias, es un claro ejemplo de ello. De esa crítica han nacido la vertiente de estudios "culturalistas" y la llamada "nueva historia social".

Sin embargo, lejos de ser estos temas aspectos ausentes u olvidados en el seno de la CMH, ellos han constituido siempre el eje de las más importantes controversias políticas y, en consecuencia, han concitado una gran atención tanto de Marx y de Engels como de las generaciones ulteriores de intelectuales revolucionarios. Como el propio Thompson advierte, pero sin extraer de ello las debidas conclusiones, Marx dedica a estos problemas sus célebres estudios sobre las luchas de clases en Francia entre 1848 y 1871.

En Lenin, como crítica al espontaneísmo, que finalmente se traduce en líneas de acción política vanguardistas o reformistas, constituyen el eje de sus incisivas polémicas con los populistas y los mencheviques. En Trotsky representan, asimismo, el eje de sus escritos sobre las grandes cuestiones de estrategia y táctica revolucionaria en las cuatro primeras décadas del siglo XX y constituyen también un aspecto central de su monumental Historia de la Revolución Rusa, curiosamente ignorada por Thompson. Son también temas centrales en la obra de Lukacs y de Gramsci.

Otra expresión del interés que despierta en los medios académicos el estudio de la CMH fue la publicación de la exhaustiva defensa que de ella hace Cohen5 desde el llamado "marxismo analítico". La controversia desatada por su trabajo ha contribuido a renovar y mantener viva la reflexión sobre el real significado de la obra de Marx y su vigencia. Hay quienes, como Brenner, creen ver en la tesis de la primacía explicativa de las fuerzas productivas (FFPP) un determinismo tecnológico que resultaría incompatible con la tesis de la historia como expresión de la lucha de clases.

En esa misma perspectiva algunos advierten la existencia de una contradicción a este respecto en las propias formulaciones de Marx, por ejemplo entre las del Prólogo de 1859 y el Manifiesto de 1848, o entre el Prólogo y la carta de 1877 a la revista rusa Otiechéstvennie Zapiski. A mi juicio, tal apreciación es errónea porque no considera los niveles de abstracción claramente diferenciados sobre los que discurre el planteamiento de Marx en cada caso.

La tesis del Prólogo, que en lo sustancial ya está presente en la Ideología Alemana y que postula la primacía explicativa de las FFPP, corresponde a la visión global del largo proceso de evolución histórica de la humanidad que da toda su coherencia a la CMH, mientras que los escritos políticos de 1848 a 1871 tienen por objeto de análisis el desarrollo de los acontecimientos de las luchas de clase que se despliegan en aquellas coyunturas y cuyo desenlace ha de ser definido, en definitiva, por la propia lucha.

Una buena explicación del carácter unitario de esta visión del desenvolvimiento histórico, que integra los condicionantes objetivos y el despliegue de la acción de los sujetos dentro de los límites que le son permitidos por los primeros, podemos encontrarla en la exposición de Engels de 18866 y en el trabajo de Plejanov7 de 1898. En este último, Plejanov plantea la necesidad de invocar la confluencia de una pluralidad de causas para explicar el desarrollo de los acontecimientos, a las que denomina causas generales, particulares y singulares.

En consecuencia, la crítica interna al supuesto determinismo de la CMH se basa en una artificiosa oposición entre niveles de abstracción que son en rigor complementarios o en un simple desconocimiento del modo en que en el seno del marxismo se ha abordado el problema de la formación de la conciencia de clase de los explotados. En esto se constata una relación inversamente proporcional entre la extensión del periodo considerado para fines de análisis y el grado de incidencia que los sujetos históricos pueden llegar a tener sobre el curso que siguen los acontecimientos.

Un error simétrico al del culturalismo se puede observar en la lectura estructuralista del marxismo que, a su modo, fue característica del llamado “marxismo ortodoxo” de la Segunda Internacional, luego de la vulgata staliniana y finalmente de las corrientes antihumanistas y antihistoricistas, en que el planteo del Prólogo se invoca para postular la marcha inexorable de una historia en que los sujetos son borrados de la escena y la historia deja de ser, en consecuencia, la expresión y resultado de la lucha de clases.

El rechazo del marxismo a este tipo de fatalismo lo patentiza bien la disyuntiva, ya señalada por Rosa Luxemburgo, a la que se ve enfrentada la humanidad ante la crisis estructural del capitalismo, y cuyo desenlace solo puede ser resuelto por medio de la lucha: avance hacia el socialismo, es decir hacia la superación del capitalismo y la constitución de un nuevo orden social a tono con los derechos, intereses y anhelos de la inmensa mayoría, o retroceso hacia la barbarie que, como expresión y consecuencia de su crisis, engendra el capitalismo en cualquiera de sus múltiples formas: guerra, fascismo, genocidio, holocausto nuclear o destrucción de la naturaleza.

Es a esa disyuntiva a la que nos hallamos enfrentados hoy todos nosotros y depende exclusivamente de nosotros resolverla.

Aggiornamento

Finalmente, es indudable que una teoría que solo alcanzó a ser esbozada por sus iniciadores siempre está necesitada de ulteriores elaboraciones, y es indudable también que el desarrollo dinámico del capitalismo y de la lucha de clases van generando constantemente situaciones nuevas que obligan a replantearse algunas de las hipótesis y conclusiones originales. Como decía Goethe, “nebulosa es toda teoría, amigo mío, más eternamente verde es el árbol de la vida”. Entre los problemas más importantes que requieren ser reexaminados y profundizados cabe puntualizar:

Primero, las sustantivas diferencias observables en aspectos claves entre el modo de producción capitalista y los modos de producción precedentes al momento de enfrentarse a su fase de declive; bajo el capitalismo las relaciones sociales de producción no oponen, como en los modos de producción precedentes, una tenaz resistencia al crecimiento de las FFPP, de modo tal que vayan siendo inexorablemente erosionadas por éste; por el contrario, impulsadas y orientadas por el propósito de valorizar el capital, las FFPP continúan creciendo, acrecentando por una parte la concentración del poder y las desigualdades y transformándose por otra, en una medida cada vez mayor, en fuerzas de destrucción que comienzan a poner en peligro la propia sobrevivencia de la humanidad.

Segundo, los cambios morfológicos experimentados por el capitalismo que conllevan a su vez cambios en la fisonomía y gravitación social de la clase trabajadora; en el plano político se hace necesario resignificar el rol de los trabajadores asalariados como sujetos de la lucha emancipadora, asumiendo y valorando por una parte su actual peso social, incomparablemente mayor que en pasado, pero acompañado de una multifacética y fragmentada morfología social, que da pie a una creciente diferenciación y debilitamiento de las identidades colectivas, dificultando con ello el desarrollo de una conciencia de clase, y reforzando por otra la necesidad de un pensamiento estratégico que, más allá de las reivindicaciones inmediatas, oriente la acción política de clase hacia la realización de un proyecto de cambio revolucionario basado en la triple necesidad de superar el caos y el despilfarro que es inherente al capitalismo, conjurar la creciente amenaza de autodestrucción de la humanidad y abrir camino a una superación real y definitiva de las grandes injusticias sociales

Tercero, el carácter y características que adquiere en las condiciones del presente la lucha por la emancipación del trabajo, realizando un balance a fondo de las experiencias de lucha acumuladas a lo largo del siglo XX por el movimiento obrero y revolucionario, esclareciendo las causas del persistente autoritarismo que impregnó la experiencia de los socialismos reales y de su estrepitoso fracaso, así como las causas de las formidables y sucesivas derrotas sufridas por el movimiento obrero.

En suma, el desafío presente está en recuperar la memoria, revalorando y desplegando en todo su potencial la CMH para contribuir con ella a cambiar efectivamente el mundo. Es precisamente dotándolo de una adecuada perspectiva histórica, enriquecida por las enseñanzas que es posible obtener de las experiencias pasadas, como se puede poner en pie un pensamiento estratégico coherente que permita apreciar en su real dimensión los grandes desafíos del presente y visualizar mejor los caminos de respuesta que ellos nos demandan.

1 Arostegui, Julio (1995), La investigación histórica: teoría y método, Crítica, Barcelona
2 Carta de Marx al director de la revista rusa Otiechéstvennie Zapiski, fines de 1877
3 Marx y Engels (1845) La sagrada familia, o crítica de la crítica crítica, Claridad, Buenos Aires, 1971
4 Kosik, Karel (1963) “Historia y libertad”, en Dialéctica de lo concreto, Grijalbo, México, 1967
5 Cohen, Gerard (1978) La teoría de la Historia de Karl Marx: una defensa, Siglo XXI, México
6 Engels, Federico (1886) Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Progreso, Moscú.
7 Plejanov, Georgi (1898) El papel del individuo en la historia, Progreso, Moscú

Fuente: http://www.generacion80.cl/noticias/columna_completa.php?varid=16666

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